“Las ciudades están asumiendo el protagonismo en la defensa de la democracia de la cotidianeidad”

Entrevista a Joan Subirats, comisionado de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona

El Comisionado de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, Joan Subirats, es un reconocido experto en innovación en políticas públicas y gobierno abierto. El próximo 6 de noviembre participará en un conversatorio con la portavoz del Ayuntamiento de Madrid y secretaria general de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas, Rita Maestre, dedicado a “Los desafíos de la innovación democrática en contextos urbanos”. Este acto forma parte de la serie de debates “La Agenda 2030: del discurso a la política” y se desarrollará en el marco del II Foro Mundial sobre las Violencias Urbanas y Educación para la Convivencia y la Paz. En esta entrevista, Subirats desgrana algunas de las claves del papel de las ciudades como promotoras de nuevas formas de democracia más participativa vinculada a la realidad de la ciudadanía.

¿Cuáles son hoy los desafíos de las ciudades en materia de innovación democrática?

Las ciudades hoy están asumiendo más protagonismo a nivel internacional como espacios de innovación y de creatividad. El hecho de que desde cualquier sitio puedas acceder a toda la información posible aparentemente iguala el ámbito urbano, semiurbano y rural, pero al mismo tiempo la globalización crea espacios donde la concentración de personas, la densidad de interacciones y la existencia de muchas actividades distintas genera más oportunidades de innovación. Las investigaciones sobre este tema destacan que, frente a la homogeneidad de especialistas tecnológicos de Silicon Valley, en las ciudades se mezclan muchos tipos de protagonismos distintos. Es lo que los anglosajones llaman serendipity, la posibilidad de que de golpe sucedan cosas que no estaban previstas. Que haya un encuentro entre un artista visual y una persona del mundo de la industria y que de ahí surja una oportunidad que nadie había pensado se da más fácilmente en espacios donde hay más densidad y donde de manera simultánea se están produciendo procesos de interacción.

Frente al cuestionamiento de las instituciones democráticas tradicionales, ¿las ciudades tienen capacidad para oponer un nuevo modelo democrático?

Yo diría que lo que hay es un sentimiento de desprotección. La democracia pierde legitimidad porque es menos capaz de proteger de las incertidumbres y los riesgos a una sociedad que ve amenazado su futuro, porque no se sabe muy bien cómo será el trabajo del futuro, si las estructuras familiares y sociales serán las mismas… Hay una cierta sensación de amenaza sobre el futuro de las pensiones, sobre qué pasará con nosotros, si nuestros hijos vivirán mejor o peor. Esa incertidumbre genera un sentimiento de desprotección y de alguna manera los Estados nación son menos capaces que antes de responder a esas demandas de protección, porque están más debilitados por el proceso de globalización. Las ciudades tienen una ventaja y un inconveniente. La ventaja es la proximidad: pueden ser más responsables de los elementos cotidianos de bienestar de la ciudadanía, desde el transporte a la vivienda, los espacios públicos, el ruido, la amigabilidad de las calles, etc., que son elementos que generan protección desde lo cercano. Pero tienen el inconveniente de que sus competencias son mucho menores que las de los Estados. Las ciudades tienen cada vez más incumbencias pero no tienen competencias y eso genera una situación un poco paradójica: las ciudades aparecen mucho más que antes en el debate de lo que ocurre en la vida de la gente, pero tienen también muchas dificultades para dar respuesta. En Barcelona hay mucha presión turística y tenemos un parque de vivienda pública muy bajo, un 1,5 %, en comparación con el 30 %, 40 %, 50 % que tienen capitales como Copenhague, Berlín o Ámsterdam. Pero claro, esa no es una competencia local, ha sido una competencia del Estado o de las comunidades autónomas que no han desplegado. Esa tensión se da y las ciudades están asumiendo un nivel de protagonismo en la defensa de esa democracia de la cotidianeidad que es importante.

¿No existe el riesgo de que al hacer locales ciertas políticas se pierda un poco la visión global, soluciones más imaginativas desde ámbitos más amplios?

Hay que ver a qué nos referimos cuando hablamos de ámbitos más amplios, cuál es la escala en la cual ese tipo de procesos de innovación se dan de manera más cómoda, más habitual. ¿Es un espacio nacional, regional, europeo? Los procesos de innovación europea generan interacciones entre la innovación y la investigación que se produce localmente, es decir, generan la conectividad entre un grupo de investigación que está trabajando sobre nuevos espacios de biblioteca en Dinamarca con quienes lo trabajan en Italia, por ejemplo. Es una conexión de la innovación que se produce localmente pero que interactúa globalmente. En mi opinión, la escala adecuada de innovación no es ni la nacional ni la europea, en todo caso es la de los ámbitos metropolitanos.

¿Cómo se puede lograr la implicación y la participación de la gente en las ciudades, donde la vinculación entre sus habitantes parece cada vez más débil?

Generando procesos en los cuales las personas se sientan reconocidas como protagonistas, no como espectadores con una participación simbólica pero sin efectividad: en la coproducción de políticas la gente participa en la definición de los problemas, no se busca simplemente la ratificación en procesos simbólicos cuando ya se ha definido cuál es el problema y ya se sabe la solución. Eso es más complicado, es evidente, pero es lo que garantiza que esos procesos puedan producir resultados. El otro elemento es buscar prototipos, experimentar soluciones que puedan tener un arraigo local concreto y que luego, si funcionan, puedan reproducirse en otros ámbitos. Es ahí donde el protagonismo ciudadano puede ser más importante, no un protagonismo genérico, sino un protagonismo situado en un problema, en un territorio, en una comunidad. Hay que dar valor a lo que ya se está produciendo, porque en Hortaleza, en Gràcia o en Sants se están produciendo fenómenos interesantes que luego pueden ser replicables en otros espacios.

La innovación está muy ligada a las nuevas tecnologías. Usted ha abogado en alguna ocasión por “politizar la transformación tecnológica”. ¿A qué se refiere?

La tecnología no es neutra, genera ganadores y perdedores, hay gente que queda al margen, surgen riesgos que no estaban previstos. La tecnología se entromete en nuestras vidas, extrae datos de nuestra actividad sin que podamos controlar qué se hace con estos datos, vigila nuestra cotidianeidad, amenaza nuestros espacios de trabajo, construye algoritmos aparentemente técnicos aunque esa construcción está plagada de prejuicios y valores. Es obvio que, como ha pasado siempre, la tecnología no es neutra sino que produce ganadores y perdedores, costes y beneficios. Politizarla significa discutir sobre todo esto.

Frente al concepto tradicional del voto como elemento central de la democracia, usted defiende que la democracia es “especialmente deliberación”. ¿Las nuevas tecnologías pueden mejorar los procesos de deliberación para llegar a consensos, para entablar conversaciones constructivas? ¿En Barcelona tienen alguna experiencia?

Existe “Decidim”, con código abierto, que se está trasladando desde un ámbito municipal a otras esferas (instituciones, asociaciones, etc.). Es un mecanismo tecnológico para generar procesos de participación, deliberación y decisión. En temas más deliberativos sí que a veces es más complicado, pero hay mecanismos para construir documentos de manera colectiva. Por ejemplo, durante la Bienal de Pensamiento de Barcelona se hizo una relatoría digital de muchas de las sesiones que se dejaba abierta a que otros asistentes pudieran aportar también y generar espacios de deliberación en la esfera digital.

Desde la perspectiva de los Gobiernos locales, ¿cómo está evolucionando la relación entre Gobierno, Administración y ciudadanía?

Lo que está más presente ahora es la capacidad de las instituciones para reforzar las capacidades ciudadanas. Creo que ese es el reto: hacer menos dependiente a la sociedad de las instituciones, generar más autonomía. Ahora se utiliza esta palabra: empoderamiento. Si hay servicios públicos que pueden ser gestionados directamente por entidades, por grupos de ciudadanos, quizás esto redunde en que esas personas se sientan más implicadas en esos servicios, que los sientan más suyos. Si en cambio hay una relación de cliente en relación con la Administración y los servicios públicos, no se genera implicación. Esa es una tendencia que está apareciendo cuando se habla de los elementos comunitarios, de lo común, como un elemento distinto de lo público funcionarial y de lo privado mercantil.