Las personas abandonan sus hábitats y se desplazan a vivir a otro lugar, sea una ciudad o territorio cercano, lejano o en otro país, por razones económicas, políticas, medioambientales o por conflictos bélicos. En 2018 el 55% de la población mundial vive en ciudades y para el 2050 el 68% de la población vivirá en entornos urbanos.

Las migraciones están generando y generarán tensiones urbanísticas, de sostenibilidad y humanas. Generarán problemas de vivienda, de infraestructuras, de servicios básicos, alimentación, salud, educación, empleo y seguridad. En las zonas despobladas, principalmente rurales, se generarán déficits por el mantenimiento de infraestructuras y servicios públicos (hospitales, escuelas), servicios privados (bancos, supermercados) o de inversiones (internet).

Las ciudades y territorios de paz deben crear espacios de acogida para las personas que cambian de residencia de manera libre u “obligada” huyendo de la pobreza y el hambre, de conflictos violentos, perseguidos por cuestiones políticas o por la defensa de los derechos humanos, expulsados por la contaminación o el cambio climático. Por ello, se tienen que establecer los procedimientos y mecanismos que faciliten su incorporación a la sociedad: acceso a la salud, educación, vivienda, trabajo, entre otras, que brinden unas condiciones de vidas dignas y en paz para todas estas poblaciones.